El anillo.

20 de Junio de 2016 | Tiempo de lectura: 4 minutos.

(Versión libre de Irene Rodrigo)

Una clara mañana de primavera, un joven estudiante llegó a clase y se sentó en su pupitre de siempre. Su profesor, que ya llevaba algunos días notando que el estado de ánimo de su alumno se había oscurecido, quiso hablar con él en cuanto sonó la sirena que marcaba el final de la lección.

Así pues, el profesor hizo una señal al estudiante indicándole que se acercara a su escritorio. Una vez lo tuvo delante, le preguntó:

-Últimamente te veo triste y taciturno. Tu cuerpo está en tu pupitre, pero tu mente y tu corazón no están aquí. ¿Qué te pasa?

El alumno trató de esquivar la pregunta de su profesor. “No me pasa nada”, dijo al principio. Sin embargo, ante la insistencia del maestro, y en parte agradecido por su interés, acabó confesándole:

-Profesor, me siento tan poca cosa, tan insignificante en comparación con los demás, que he perdido toda la ilusión por la vida. Otros profesores me han dicho que no sirvo para nada, que no hago nada a derechas y que soy inútil. Mis sueños empiezan a desvanecerse, porque no creo que pueda hacerlos realidad nunca. En realidad, lo único que quiero ahora mismo es que los demás me valoren. ¿Usted sabe cómo podría conseguirlo?

Tras examinarlo unos momentos, el profesor apartó la mirada de su estudiante y, mientras recogía sus libretas y apuntes y los guardaba en la cartera, le dijo:

-Me encantaría ayudarte a resolver tu problema, joven. Tal vez pueda hacerlo… si tú antes me ayudas con mi propio problema.

“Menuda cara tiene”, pensó el estudiante. “Es como los demás profesores: finge preocuparse por mí, pero en el fondo sólo tiene tiempo para sus minucias. ¡Y encima quiere que yo le ayude a él!”.

El alumno volvía a sentirse desvalorizado. Y esta vez dolía más, porque aquel sentimiento estaba causado por un profesor al que apreciaba y en quien confiaba. Sin embargo, la perspectiva de deshacerse de su problema era tan apetecible, que pensó que valía la pena perder un poco de tiempo ayudando a su maestro si él luego le devolvía el favor.

-De acuerdo, profesor. Dígame qué tengo que hacer para ayudarle.

moraleja el anillo

El profesor asintió levemente con la cabeza y, sin dejar de mirar a su alumno, se sacó el anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda. Lo alargó hacia el estudiante, que entendió que debía cogerlo, y así lo hizo.

-Coge tu bicicleta y ve al mercado del pueblo. Allí, busca a algún comerciante a quien venderle este anillo. Debo pagar una deuda y el dinero que saques por él me vendrá muy bien. Eso sí: procura obtener por el anillo el máximo dinero posible, y nunca lo vendas por menos de una moneda de oro.

El joven, bastante extrañado ante esta petición, se guardó el anillo en un bolsillo interior de su mochila, donde estuviera a salvo, y se fue al mercado montado en su bicicleta.

Una vez allí, comenzó su ruta de comerciante en comerciante. A todos intentó venderles el anillo, pero ninguno mostraba un verdadero interés por él. Algunos lanzaban ofertas ridículas que ni se acercaban a la mitad de la mitad del valor de la moneda de oro; otros se reían del joven cuando decía que no aceptaría menos del precio estipulado por su maestro.

Un comerciante muy anciano le explicó amablemente que una moneda de oro era demasiado para ese anillo tan fino y frágil. Una señora a la que el joven conocía de vista le ofreció una moneda de plata y una jícara de cobre a cambio de la prenda, pero el joven siguió en sus trece: nunca aceptaría menos de una moneda de oro por ella.

Cuatro horas más tarde, agotado de tanto rechazar ofertas y de tanto escuchar cómo todos se reían de su empresa y cómo lo criticaban por su ingenuidad, el joven montó en su bicicleta y se fue a casa.

“Ojalá yo tuviera una moneda de oro”, se dijo a sí mismo mientras intentaba conciliar el sueño en su cama aquella noche. “Si yo mismo pudiera comprar el anillo, mi profesor se liberaría de su deuda y podría por fin ayudarme con mi problema. Sin embargo, mañana me va a tocar volver a clase y pasar la vergüenza de decirle que no he logrado vender su anillo”.

Aunque le costó varias horas dormirse, al final sus ojos se cerraron, cansados, y no volvieron a abrirse hasta el día siguiente por la mañana.

Al acabar las clases, el alumno volvió al escritorio de su profesor y, no sin preocupación, le confesó:

-Lo siento mucho, profesor. No he podido cumplir con su encargo. Visto lo visto, creo que, como mucho, podría sacar 2 o 3 monedas por el anillo, pero no voy a poder engañar a nadie sobre su valor. Ningún comerciante será tan ingenuo como para creer que el anillo vale una moneda de oro.

Al contrario de lo que esperaba el estudiante, el profesor no mostró ni el mínimo atisbo de enfado. Con una media sonrisa, le dijo:

-Estoy pensando que sería muy útil conocer el valor del anillo. Lo mejor será que vayas al joyero del pueblo, le des el anillo y le preguntes por su precio exacto. Te ofrezca lo que te ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.

Intrigado por aquel repentino cambio de misión, el joven montó en su bicicleta y pedaleó rápidamente hacia la joyería del pueblo.

Allí estaba el joyero, que tenía una barba blanca y larga testimonio de los años que llevaba detrás de aquel mostrador. El joven le tendió el anillo y, tras examinarlo con lupa y pesarlo, el joyero le dijo:

-Dile a tu profesor que, ahora mismo, no puedo darle por este anillo más de 58 monedas de oro.

El joven no pudo contener una exclamación:

-¡¿58 monedas de oro?!

-Sí-, contestó el joyero.- Si tiene prisa, sólo podrá obtener 58 monedas de oro por el anillo. Si espera un tiempo, tal vez pueda ofrecerle 70 o incluso más…

Apenas hubo escuchado las últimas palabras, el joven arrancó el anillo de las manos del joyero y pedaleó emocionado al colegio, a ver si todavía encontraba en él a su profesor.

Efectivamente, en aquel mismo momento el profesor se encaminaba hacia su coche para volver a casa. En cuanto lo vio a lo lejos, el alumno dejó caer la bicicleta al suelo y corrió al lado del maestro para contarle, casi sin aire, todo lo ocurrido en aquellas horas.

Cuando el estudiante finalizó su relato, el profesor le miró compasivamente a los ojos y le dijo:

-Tú eres como ese anillo: eres una joya única y valiosa. Y, como joya que eres, sólo puedes ser valorado por un especialista.

El joven empezó a comprender lo que su profesor había querido decirle durante esos dos días a través de sus extrañas peticiones.

Y, mientras tomaba el anillo de entre las manos del estudiante, el maestro dijo:

-¿Pensabas que cualquiera podría descubrir el verdadero valor de este anillo?

Cuando el coche del profesor desapareció por entre los árboles del final de la calle, el alumno recogió su bicicleta del suelo y, pensativo y sonriente, regresó a casa.

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