La pequeña estaca

24 de Julio de 2016 | Tiempo de lectura: 3 minutos.

Versión libre de Irene Rodrigo de un cuento original de Jorge Bucay

Cuando era pequeño me encantaban los circos. Lo que más me gustaba de ellos eran los animales. De todos, mi preferido era el elefante.

Durante la función, aquella enorme bestia dejaba boquiabiertos a todos por su tamaño, su peso y su fuerza descomunal. Pero, tanto antes como después de su actuación, el elefante pasaba las horas detrás de la carpa principal, quieto y sin hacer alarde de todas esas cualidades que impresionaban tanto a su público.

En una de mis excursiones al circo pude ver al elefante detrás de la carpa. Permanecía atado, mediante una cadena que aprisionaba una de sus anchas patas, a una pequeña estaca clavada en el suelo. La estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera, apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Los eslabones de la cadena tenían cierto grosor, es cierto, pero yo no podía entender que aquel animal que podría fácilmente arrancar un árbol de cuajo no fuera capaz de arrancar la estaca y huir.

El misterio se presentaba de forma evidente en mi mente infantil: ¿Por qué el elefante no huye, si puede arrancar la estaca con el mismo esfuerzo que yo necesito para romper una cerilla? ¿Qué fuerza incomprensible lo mantiene atado a ese palo endeble?

Por aquel entonces yo tendría siete u ocho años. Estaba en esa edad en la que uno todavía confía en la sabiduría de las personas mayores, así que compartí estas preguntas con mis padres, tíos y maestros, con la esperanza de que alguno de ellos me diera una respuesta convincente. Sin embargo, ninguno de ellos resolvió mis dudas, y sus evasivas arrojaron todavía más confusión a este asunto.

Por ejemplo, uno de mis tíos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado. Entonces le hice otra pregunta: si eso es cierto, entonces ¿por qué lo encadenan? A partir de ahí, silencio absoluto. Nadie conseguiría resolver mis preguntas.

Con el tiempo fui olvidándome del misterio del elefante y la estaca y sólo lo recordaba cuando me encontraba con personas que, ante una pregunta cualquiera, daban respuestas incoherentes, de esas que se pronuncian para salir del paso.

Sin embargo, hace unos días encontré, por fin, a una persona que me dio una respuesta que me satisfizo más que cualquiera de mis teorías:

“El elefante del circo no escapa”, me dijo, “porque ha estado atado a una estaca toda su vida, desde que era muy pequeño”.

Cuando escuché esto, cerré los ojos y me imaginé al pequeño elefantito con sólo unos días de vida, ya sujeto a la estaca que lo acompañaría para siempre. En esos primeros momentos de apresamiento, seguro que el animalito empujó, sacudió sus patas y sudó a mares tratando de soltarse de la estaca. Pero su fuerza todavía era poca y, a pesar de su esfuerzo, no logró salirse con la suya.

La estaca era muy grande y sólida para el elefante recién nacido. Aquella noche, seguramente se acostó agotado por el infructuoso esfuerzo. Al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al siguiente… hasta que se resignó a su destino. El elefante dejó de luchar por liberarse. Y ahora, con muchos años más a sus espaldas y un peso y una fuerza multiplicados por mil, ese elefante enorme y poderoso no escapa de la estaca porque cree que no es capaz de hacerlo. Tiene grabado a fuego el recuerdo de sus esfuerzos inútiles, que le han convencido de que deje de luchar, de que nunca será libre y de que no vale la pena tratar de serlo.

El elefante nunca más intentará poner a prueba su fuerza.

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